Evangelio de hoy viernes 21 de octubre de 2016
Lectura del santo
evangelio según san Lucas (12,54-59):
En aquel tiempo, decía Jesús a la gente: «Cuando veis subir
una nube por el poniente, decís en seguida: "Chaparrón tenemos", y
así sucede. Cuando sopla el sur, decís: "Va a hacer bochorno", y lo
hace. Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo,
¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros
mismos lo que se debe hacer? Cuando te diriges al tribunal con el que te pone
pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él, mientras vais de camino;
no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y el
guardia te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no
pagues el último céntimo.»
Palabra del Señor
Comentario al Evangelio
“Un solo cuerpo y un solo Espíritu”
Pablo, “prisionero por Cristo”, exhorta a los efesios a que
“andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados”. En este pasaje
insiste en que es una vocación presidida por la unidad. Los cristianos estamos
llamados a vivir unidos, no separados unos de otros. Nuestras relaciones deben
estar presididas por el amor y todas las virtudes que se desprenden del amor:
“sed humildes, amables, compresivos”. Para argumentar con fuerza por esta
unidad, San Pablo acude a un concepto de la iglesia típico de él: la iglesia es
un cuerpo, “un solo cuerpo”. En un cuerpo, aunque haya distintos elementos, hay
una fuerte unidad entre ellos y cada miembro trabaja para el bien común, para
el bien del cuerpo, que son todos. En esta línea de la unidad insiste en que
hay “un solo Espíritu, un Señor, una fe, un bautismo, un Dios, una esperanza…”.
La pregunta surge inmediata: nosotros, los cristianos del
siglo XXI ¿vivimos y trabajamos por esa unidad que formamos la comunidad de los
seguidores de Jesús?
“¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe
hacer?”
Probablemente nos ha pasado a todos. Alguna vez, oyendo a
Jesús, nos gustaría poder dialogar con Él. Porque no acabamos de entender muy
bien sus palabras o, incluso, -no debemos tener miedo en confesarlo-, no
estamos del todo de acuerdo con alguna de sus afirmaciones. Jesús sigue siendo
para nosotros “el misterio” que queremos proclamar para alegrar la vida de
nuestros hermanos. Pero dada la realidad social en la que nos toca vivir,
algunos de nosotros, no acabamos de ver claro cómo dirigirnos a muchos de esos
hombres y mujeres que, al menos, de entrada dicen no necesitar la buena noticia
de Jesús, ni de Dios. Por eso, en ciertas situaciones, “no sabemos qué hacer”.
Jesús en el fragmento evangélico de hoy, nos echa en cara que agudizamos
nuestra inteligencia para interpretar bien las cuestiones meteorológicas y no
tanto para juzgar bien el tiempo presente y saber lo que tenemos que hacer. Sin
entrar en discusiones, nos podemos dirigir a Él, con ánimo orante y suplicante,
y pedirle que nos envíe su luz y su fuerza para cumplir con nuestra misión de
evangelizadores en el siglo XXI.
Fray Manuel Santos
Sánchez
Santo del día
Santa Laura Montoya
Upegui
La Madre Laura Montoya Upegui, estando aquí, en la Basílica
de San Pedro en el mes de noviembre del año 1930, después de una viva oración eucarística
escribe: «Tuve fuerte deseo de tener tres largas vidas: La una para dedicarla a
la adoración, la otra para pasarla en las humillaciones y la tercera para las
misiones; pero al ofrecerle al Señor estos imposibles deseos, me pareció
demasiado poco una vida para las misiones y le ofrecí el deseo de tener un
millón de vidas para sacrificarlas en las misiones entre infieles! Mas, ¡he
quedado muy triste! y le he repetido mucho al Señor de mi alma esta saetilla:
¡Ay! Que yo me muero al ver que nada soy y que te quiero!».
Esta gran mujer que así escribe, la Madre Laura Montoya,
maestra de misión en América Latina, servidora de la verdad y de la luz del
Evangelio, nació en Jericó, Antioquia, pequeña población colombiana, el 26 de
Mayo de 1874, en el hogar de Juan de la Cruz Montoya y Dolores Upegui, una
familia profundamente cristiana. Recibió las aguas regeneradoras del Bautismo
cuatro horas después de su nacimiento. El sacerdote le dio el nombre de María
Laura de Jesús. Dos años tenía Laura cuando su padre fue asesinado, en cruenta
guerra fratricida por defender la religión y la patria. Dejó a su esposa y sus
tres hijos en orfandad y dura pobreza, a causa de la confiscación de los bienes
por parte de sus enemigos. De labios de su madre, Laura aprendió a perdonar y a
fortalecer su carácter con cristianos sentimientos.
Desde sus primeros años, su vida fue de incomprensiones y
dolores. Supo lo que es sufrir como pobre huérfana, mendigando cariño entre sus
mismos familiares. Aceptando con amor el sacrificio, fue dominando las
dificultades del camino. La acción del Espíritu de Dios y la lectura espiritual
especialmente de la Sagrada Escritura, la llevaron por los caminos de la
oración contemplativa, penitencia y el deseo de hacerse religiosa en el
claustro carmelitano. Tenía sed de Dios y quería ir a El “como bala de cañón ”.
Esta mujer admirable crece sin estudios, por las
dificultades de pobreza e itinerancia a causa de su orfandad, hasta la edad de
16 años cuando ingresa en la Normal de Institutoras de Medellín, para ser
maestra elemental y de esta manera ganarse el sustento diario. Sin embargo,
llega a ser una erudita en su tiempo, una pedagoga connotada, formadora de
cristianas generaciones, escritora castiza de alto vuelo y sabroso estilo,
mística profunda por su experiencia de oración contemplativa.
En 1914, apoyada por monseñor Maximiliano Crespo, obispo de
Santa Fe de Antioquia, funda una familia religiosa: Las Misioneras de María
Inmaculada y Santa Catalina de Sena, obra religiosa que rompe moldes y
estructuras insuficientes para llevar a cabo su ideal misionero según lo
expresa en su Autobiografía: Necesitaba mujeres intrépidas, valientes,
inflamadas en el amor de Dios, que pudieran asimilar su vida a la de los pobres
habitantes de la selva, para levantarlos hacia Dios.
Maestra catequista de los indios
Su profesión de maestra la llevó por varias poblaciones de
Antioquia y luego al Colegio de La Inmaculada en Medellín. En su magisterio no
se contenta con el saber humano sino que expone magistralmente la doctrina del
Evangelio. Forma con la palabra y el ejemplo el corazón de sus discípulas, en
el amor a la Eucaristía y en los valores cristianos. En un momento de su
trayectoria como maestra, se siente llamada a realizar lo que ella llamaba “la
Obra de los indios”: En 1907 estando en la población de Marinilla, escribe: “me
vi en Dios y como que me arropaba con su paternidad haciéndome madre, del modo
más intenso, de los infieles. Me dolían como verdaderos hijos”. Este fuego de
amor la impulsa a un trabajo heroico al servicio de los indígenas de las selvas
de América.
Busca recursos humanos, fomenta el celo misionero entre sus
discípulas, escoge cinco compañeras a quienes prende el fuego apostólico de su
propia alma. Aceptando de antemano los sacrificios, humillaciones, pruebas y
contradicciones que se ven venir, acompañadas por su madre Doloritas Upegui, el
grupo de “Misioneras catequistas de los indios” sale de Medellín hacia Dabeiba
el 5 de Mayo de 1914. Parten hacia lo desconocido, para abrirse paso en la
tupida selva. Van, no con la fuerza de las armas, sino con la debilidad
femenina apoyada en el Crucifijo y sostenida por un gran amor a María la Madre
y Maestra de esta Obra misionera. “Ella, la Señora Inmaculada me atrajo de tal
modo, que ya me es imposible pensar siquiera en que no sea Ella como el centro
de mi vida”. La celda carmelitana, objeto de sus ansias en el tiempo de su
juventud, le pareció demasiado fría ante aquellas selvas pobladas de seres
humanos sumidos en la infidelidad, pero amados tiernamente por Dios. “Siento la
suprema impotencia de mi nada y el supremo dolor de verte desconocido, como un
peso que me agobia”.
Comprende la dignidad humana y la vocación divina del
indígena. Quiere insertarse en su cultura, vivir como ellos en pobreza,
sencillez y humildad y de esta manera derribar el muro de discriminación racial
que mantenían algunos líderes civiles y religiosos de su tiempo. La solidez de
su virtud fue probada y purificada por la incomprensión y el desprecio de los
que la rodeaban, por los prejuicios y las acusaciones de algunos prelados de la
iglesia que no comprendieron en su momento, aquel estilo de ser “religiosas
cabras”, según su expresión, llevadas por el anhelo de extender la fe y el
conocimiento de Dios hasta los más remotos e inaccesibles lugares, brindando
una catequesis vivencial del Evangelio. Su Obra misionera rompió esquemas, para
lanzar a la mujer como misionera en la vanguardia de la evangelización en
América latina. El quemante “SITIO”- Tengo sed- de Cristo en la Cruz , la
impulsa a saciar esta sed del crucificado :”¡Cuánta sed tengo! ¡Sed de saciar
la vuestra Señor! Al comulgar nos hemos juntado dos sedientos: Vos de la gloria
de vuestro Padre y yo de la de vuestro corazón Eucarístico! Vos de venir a mí,
y yo de ir a Vos”.
Mujer de avanzada, elige como celda la selva enmarañada y como
sagrario la naturaleza andina, los bosques y cañadas, la exuberante vegetación
en donde encuentra a Dios. Escribe a las Hermanas: ”No tienen sagrario pero
tienen naturaleza; aunque la presencia de Dios es distinta, en las dos partes
está y el amor debe saber buscarlo y hallarlo en donde quiera que se
encuentre.”
Redacta para ellas las “Voces Místicas”, inspirada en la
contemplación de la naturaleza, y otros libros como el Directorio o guía de
perfección, que ayudan a las Hermanas a vivir en armonía entre la vida
apostólica y la contemplativa. Su Autobiografía es su obra cumbre, libro de
confidencias íntimas, experiencia de sus angustias, desolaciones e ideales,
vibraciones de su alma al contacto con la divinidad, vivencias de su lucha
titánica por llevar a cabo su vocación misionera. Allí muestra su “pedagogía
del amor”, pedagogía acomodada a la mente del indígena, que le permite
adentrarse en la cultura y el corazón del indio y del negro de nuestro
continente.
La Madre Laura centra su Eclesiología en el amor y la
obediencia a la Iglesia. Vive para la Iglesia a quien ama entrañablemente, y
para extender sus fronteras no mide dificultades, sacrificios, humillaciones y
calumnias.
Esta infatigable misionera, pasó nueve años en silla de
ruedas sin dejar su apostolado de la palabra y de la pluma. Después de una
larga y penosa agonía, murió en Medellín el 21 de octubre de 1949. A su muerte
dejó extendida su Congregación de Misioneras en 90 casas distribuidas en tres
países, con un número de 467 religiosas. En la actualidad las Misioneras
trabajan en 19 países distribuidas en América, África y Europa.
Por todo lo que vivió hizo y significo la Madre Laura en su
época y por todo lo que seguirá significando para la sociedad, la Congregación
y la Iglesia, hoy la Congregación por ella fundada se llena de alegría al ver
concretizado y culminado su proceso de Beatificación, abierto el 4 de julio de
1963, en la capilla de la Curia Arquidiocesana de Medellín, en el cual se
nombró el tribunal eclesiástico para buscar diligentemente los escritos de la
Sierva de Dios Laura Montoya Upegui, instruir el proceso informativo sobre su
fama de santidad, virtudes en general y posibles milagros realizados por la
Sierva de Dios. Hoy este proceso que duro cuarenta años ha llegado a su culminación,
cuando en Roma el pasado 7 de julio, en la sala Clementina, SS. Juan Pablo II,
en presencia de los miembros de la Congregación para las Causas de los Santos y
de los Postuladores de las respectivas causas, promulgó el decreto de
beatificación de la Madre Laura Montoya Upegui.
Biografía: Página
oficial del Vaticano

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